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jueves, 15 de mayo de 2014

Homenaje a mi madre / Su nombre es: María Guadalupe

Aún tenía 19, cuando dio a luz por primera vez. No estaba segura de fugarse definitivamente de su casa. Pero se le hizo fácil irse, para no volver.

Sus tres partos se dieron como Dios manda. Cada uno, mejor que el otro. Con mejores atenciones médicas. Incluso por parte del marido.

Al tercero, ya no estaba tan nerviosa y hubiese sabido bien cómo contestarle a cualquier monjita malencarada que quisiera mandarla a su casa o que hiciera conjeturas sarcásticas sobre su novatez.

Aunque desconocía la fórmula para ser la madre perfecta. Se puso de misión conseguirlo, muy a su manera.

Sin pensarlo demasiado, adoptó las tareas que su contexto cargaba a la figura materna. Exagerándolas, como siempre exagera. Haciéndolo todo, casi a la perfección. Como hacía siempre la limpieza general en primavera, vacaciones, otoño y Navidad.

A mi madre, no le tocaron los mismos tiempos que a mí.

A mi madre aún le heredaron la idea de que, al convertirse en madre, dejaría de ser una mujer, individual. Y que los sueños suyos se perderían y cobrarían razón de ser, solo, a través de los nuestros.

A mi madre aún la educaron con la idea de que, ser madre en sí, implica dolor y sufrimiento. Desde el principio y hasta el final. Entrega incondicional.

Y por lo menos, así había sido para ella, siempre había visto sufrir a su madre. Por la culpa de un hijo. O por la culpa de otro.

Sobre la marcha. Sobre la propia experiencia de ser madre. Descubrió que nada estaba escrito. Y que si de algo estaba segura, es de que no quería repetir la historia.

Entendió que el ser madre no implicaba una vida de sumisión y castigo. De abnegación y penitencia. Comprendió que ser madre no la hacía más débil que sus hijas. Ni superior a ellas.

Se sorprendió entonces. Se dio cuenta que no había nacido solo para ser madre, sino para ser un ser humano con la posibilidad de vivir la vida a su modo.

A mi madre no le tocaron los mismos tiempos que a mí. Y celebro que ella haya buscado la posibilidad de la maternidad, desde otros ojos.

Yo. Tuve una madre maltratada. Tuve una madre sumisa. Tuve a una madre abnegada. Tuve una madre sufrida. Triste. Preocupada por todo. Tuve una madre dependiente. Tuve una madre victimada. Enajenada.

Pero también tuve después, a una madre que se atrevió a reconocerse y replantearse su papel en la familia. A una madre que cuestionó su mirada.

Una madre que dejó de ser solo una madre para ser María Guadalupe (sí, con sus dos nombres de pila). Para ser sexy. Para ser hermana. Para ser tía, comadre, vecina, amiga. Para reír a carcajadas. Para irse de concierto y gritarle "papasito" a Luis Miguel. Para chismear mientras se pinta las uñas. Para comprarse zapatos y no solo mandiles. Para soñar. Para dejarse crecer el cabello de nuevo y hacerse una coleta de caballo.

Hoy tengo una madre que decidió cambiar la dependencia por la independencia. El silencio por el diálogo. Las opciones, por el miedo.

Aunque aún no encuentra el equilibrio que la llevará a la libertad del pensamiento y la introspección, hoy tengo una mejor madre de la que pude haber tenido si ella hubiese elegido el camino más fácil. Sufrir su maternidad. Hacerse la víctima. Creerse esa idea de que las mujeres nacimos solo para ser madres y llorarle a nuestros ingratos hijos. 

Ahora la misión es ser una madre digna hija de mi madre, me compromete. Me reta. Me aterra.

Aunque subrayo, fui una hija fácil. Sé. Reconozco. Estoy segura que fue de mi madre de donde mamé las conductas que hoy me hacen un ser humano que prefiere hacer el amor que la guerra, crear que destruir, amar que odiar, ver que cerrar los ojos. Sentir. Volar.

A mí, mi madre me confeccionó originales vestidos y disfraces. Me tejió mis suéteres. Le puso olanes a mis calzoncillos.

A mí mi madre me ayudó hacer las láminas de mis exposiciones y se desveló conmigo mientras memorizaba las capitales. 

De mi madre aprendí valores. Modales. Me enseñó a comer con cubiertos y también a chuparme los dedos.

Me enseñó la diferencia entre el bien y el mal y a entender mi capacidad de producir placer y también, mucho dolor. Me enseñó a elegir. A decidir lo que no quería ser y a decir lo que pensaba, por sobre todas las cosas. 

Me habló de motivos. De causas. De consecuencias. Me puso ejemplos, usó refranes. Y por supuesto me habló de condones, sexo y porno. 

A mí mi madre me enseñó a decirle vagina a mi vagina. A casi no ver la tele ni beber Coca-Cola. A compartir. A no mentir. A saludar a todos mis tíos y a exigir respeto, siempre, conociendo mis derechos.

A mí, María Guadalupe me enseñó a no tener miedo de pensar. A respetarme a mí misma. A amarme a mí misma. A entender que no soy mejor que ningún hombre, pero tampoco inferior ni dependiente por default.

A mi madre le tocaron otros tiempos.

Y aunque todo eso hizo mi madre por mí. No ha logrado convencerme en que anhelar lo que todos anhelan es la felicidad. Tampoco ha logrado convencerme de que es justo el Día de las Madres cuando la debo homenajear.

Hoy lo hago, porque me da la gana. Porque es sincero. Porque no lo hago para cumplir algo. Por hacer lo que me dice la tv que significa ser buen hijo. Porque al final sé que siempre estoy ahí. Recordándole que la amo. Contándole todo. Chismeándole confidencias. Pidiéndole consejos. Incitándola a leer. Criticándola. Aceptando sus regaños. Planeando. Haciendo corajes. Comploteando. Riendo. Riendo más. Riéndonos de nosotras mismas. Siempre exigiéndonos ser más felices y bonitas.

TE AMO MAMÁ.

FELIZ NO DÍA DE LAS MADRES.



(Fotos: Anónimas)

(Fotos: Roier Díaz)

sábado, 3 de mayo de 2014

Necesito nombre para un pájaro

No lo estoy imaginando. Hay un pájaro viéndome por la ventana. Llegó esta mañana. Yo creo antes de las 10.

No sé qué tipo de pájaro es, pero es muy escandaloso. No ha parado desde que lo escuché cantar muy fuerte. Fue, como si me hubiese seguido desde el bosque, hasta la casa.

Cuando regresé. Ya estaba acá. Haciendo esos ruidos que hacen los pájaros de bosque. P r o l o n g a d o s. Libertinos.


Afuera están los ficus. Hay tres. No es seguro saber cuál ha sido el que le ha atraído más. Y si pretenda quedarse.

*****

Ya casi se pone el sol y el pájaro insiste. Ha insistido todo el día.

Si me asomo. Me mira. Y sigue haciendo ruido.

No sé qué está tratando de decirme. ¿Se habrá enamorado como yo, de mi ventana? ¿Tendrá prospectos para instalarse? 

¿Cómo un pájaro en la ciudad elige eso?

Éste, llegó descaradamente. Y no me ha caído mal. Solo que, me mira muy raro. Como si necesitara comunicarme, algo urgentemente.

Fui al mercado. No se me ocurrió nada más que comprarle un elote. Le puse agua también.

¿Y si se queda a vivir ya de planta?

¡Qué bonitas mañanas con este pájaro! Le voy a tener que poner nombre. Ya estoy pensando en él. Me ha hecho ilusión.


Tener un pájaro libre. Que te cante. Que elija vivir en tu ventana, para cantarte al oído. La verdad, sí me gustaría que se quedara.

Tengo que pensar en un nombre. Para el pájaro. 





viernes, 2 de mayo de 2014

¿Por qué la gente odia su trabajo?

Energía es la capacidad de producir trabajo. Trabajo es una transferencia o cambio de energía. Implica fuerza. Implica transformación.

En física, es sencillo definirlo. Pero en términos sociales es mucho más complicado.

Quizá, como todos, tú te has preguntado (con agobio) ¿quién inventó el trabajo?

Porque en realidad... ¿quién cambiaría estar asoleándose en una paradisiaca playa, por una vacante en una fábrica caliente, colmada de soldaditos empaquetando algún producto malsano, ganando 63 pesos diarios?

Claro. Algunos pensarán. Ah, ¡pero hay de trabajos a trabajos! Hay varios que son una maravilla. A Enrique Peña Nieto, por ejemplo, le pagan por ser "guapo" y vivir una vida de telenovela ante las cámaras de Televisa. Le pagan por actuar (y ni siquiera estudió actuación). Por fingir, que es Presidente y que su labor está en el bienestar y desarrollo de los mexicanos. 

Viaja. De aquí para allá, con recursos públicos. No tiene que checar su hora de entrada, ni salida. Ni siquiera tiene que saber hablar inglés o ser buen demagogo. 

No tiene que esforzarse ni en escribir sus propios discursos y el copetudo mediático tendrá tan solo este año, ingresos brutos por 4.2 millones de pesos.

¿O qué tal que te paguen por calentar un curul en el Senado de la República, unos 2 millones 713,356 pesos?

No. Pues hay de trabajos a trabajos. Así, ganando millones, sí puede agarrarle uno amor a su trabajo. Y entenderle todo el sentido a esto de la fuerza. La energía y la transformación de leyes para mantener, siempre, el mismo lugar en el esquema. En el universo financiero.  

En México, cabe cualquier ironía sobre el amor al trabajo que uno profesa. 

Mientras que Basilio González, el encargado de la Comisión Nacional de los Salarios Mínimos gana casi 3 millones de pesos al año (el salario de unos 115 obreros), MILLONES de mexicanos se pelean por sumar a sus dos o tres salarios mínimos, alguna entrada extra que pueda ayudarlos a llevar una vida, más o menos digna. Y si se puede, darse el lujo de adquirir un celular pagando las tarifas más altas de telefonía e internet, esclavizándose a los monopolios.

Lo anterior vuelve vulnerable a ambos polos. A los pocos que ganan millones y a los millones que ganan muy poco. Los convierte en víctimas y victimarios. Los expone a la corrupción, que en tiempos del PRI, sabemos, siempre es justificable. 

Pero... ¿y qué pasa con todos los que no alcanzan un sitio en el ranking de los trabajos más afortunados del mundo?

En México, los que no ganan millones de pesos por legislar y tomar decisiones empresariales que beneficien los emporios (que han erigido sus familias con tan jugosos salarios, también, heredados), odian su trabajo. 

Y es que el trabajo no puede amarse cuando significa una condena para quien lo hace. 


Es simple. La gente odia su trabajo porque no hace lo que quiere, sino lo que "tiene" que hacer. Lo que le obligan a hacer. Y a SER. Lo que le permite su estatus. Su condición. La empresa. El ánimo... Para lo que lo adiestraron.

El sistema de los no afortunados está muy averiado. Los feudos han alimentado su poder y ahora tienen nombre de empresas transnacionales. Y sí. Lo han logrado acumulando la energía de ese trabajo, que es capaz de producir un grupo de "condenados" malpagados, alienados. 


Y ¿dónde empieza ese desgano infinito por el trabajo?

La deficiente calidad en la educación básica y las estrategias de adoctrinamiento utilizadas por el Estado para crear seres obedientes, que sepan que los márgenes rojos trazados en los cuadernos para hacer planas, no deben ser rebasados. Ahí está la semilla del mal. 
  
La fórmula es muy simple: un individuo que es criado en un grupo donde se le han inculcado ritos que enriquecen y alimentan el espíritu, será un individuo que amará lo que hace, a su prójimo y a su grupo.

Será. Un hombre (mujer o quimera) íntegro. Insobornable. Incapaz de comprar una plaza como profesor en un sindicato que le obligue a asistir a marchas magisteriales pero no, a dar clase.

Será. Un ciudadano honesto. Inteligente. Ágil. Con identidad. Que verá por el desarrollo de su comunidad, porque tendrá claro que cuidar y fomentar la sabiduría de su pueblo, será lo que le dará, la libertad.

En cambio. Un individuo que crece entre la contradicción y la mentira, difícilmente se sentirá orgulloso del lugar al que pertenece e intentará borrárselo de la memoria en cuanto le sea posible. 

Se cambiará el nombre, modificará su modo de vestir y hasta traicionará sus códigos de honor. Será pervertido. Negará su origen. Pisará a los otros, sin piedad. Solo para obtener un poco de poder, sobre el otro. Porque en la Ley de Herodes, o te chingas o te jodes.

En México, la gente que no ama su trabajo, prefiere hacerlo mal. Están fastidiados. 

10 horas al día. Una de comida. Y de 3 a 4 horas invertidas en los pésimos servicios de transporte que nos proponen mecanismos desahuciados de movilidad.

Vivimos bajo esquemas retrógradas, donde se obliga al trabajador a trabajar, bajo condiciones insalubres. Lugares contaminados. Ruidosos. Que no fomentan la creatividad ni el trabajo en equipo sino el repudio a los altos mandos, que siempre saben cómo desviar recursos, para beneficiar menos al empleado y más, sus propios intereses. 

Maestros y estudiantes en escuelas sin drenaje, sin computadoras. Sin biblioteca. Sin registro oficial. 

Oficinas apretadas. Grises. Sin aire acondicionado. Sin ventilación. Austeras. De tercer mundo. 

Firmamos contratos falseados. Aceptamos que se nos paguen salarios ridículos. Somos contratados con desventajas. Sin seguro, sin prestaciones... Sin futuro. 

¿Nos gusta que nos dirijan personajes insignificantes, ignorantes, pero poderosos, de nosotros?

¿Somos masoquistas?  

O ¿es el alineamiento zombie a un acumulamiento inexplicable, que no solo se alimenta de riqueza, sino de la energía que somos capaces de generar, trabajando? 

¿Por qué les damos gratis, toda esa fuerza? 

Lo sé. Estamos muy cansados de trabajar, para poder explicarlo. O quejarnos. 

El problema en México es que la mayoría de la gente no ama su trabajo. O ni si quiera es apto para él. Quizá, porque le heredaron la chamba, le compraron la plaza, o mejor aún, porque no tiene demasiado tiempo para pensarlo bien. 

Es hora de ducharme. Ya voy tarde.  






lunes, 28 de abril de 2014

Entrevista a Janne Teller

JANNE TELLER BUSCA EL SIGNIFICADO DE NADA 

En marzo del año pasado llegó Nada a la redacción de Más por Más. Mi editora Lisa Fournier me encomendó la misión de leerlo. Nunca se sabe cuándo un gran libro le puede llegar a uno. Hay que aprovechar cualquier posibilidad. 

Entrevisté a la novelista danesa. Delgada. Alta. Blanca y con una mirada, de esas que no te dejan pestañear. A mí no me gustaba mi inglés. Y a ella no le gustaba su español. Así que usamos traductor. 

Nada, realmente me sedujo. Es un texto ligero, que te lleva por una historia traviesa, misteriosa, intrigante. De niños. Un enredijo filosófico, a veces, demasiado terrorífico, que sin duda, les recomiendo con MAYÚSCULAS.  

AQUÍ COMPARTO LA ENTREVISTA

Cuando niños casi todos fuimos curiosos y atormentamos a nuestros padres con irreverentes cuestionamientos que a veces los enloquecieron. Éramos emocionales, sensibles e inocentes. Nuestra capacidad de asombro era tal que cualquier cosa era objeto para curiosear, examinar y fantasear.

Luego, sin saber puntualmente cómo o por qué, la mayoría nos transformamos en seres monótonos y aburridos, aburridísimos. Nos volvemos a la adultez, dejamos de imaginar un poco y nos convertimos más en humanos prácticos, calculadores y desprovistos de sueños que socialmente parezcan descabellados, sobre esto y otros cuestionamientos existenciales habla Janne Teller en su novela Nada.


“Nada importa. Hace mucho tiempo que lo sé. Así que no merece la pena hacer nada. Eso acabo de descubrirlo”
Pierre Anthon

PROTAGONISTA DE NADA

El texto, que ha causado controversia en Europa, cuenta la odisea que viven los compañeros de Pierre Anthon, un chico de séptimo grado, al tratar de explicarle el sentido de la vida ante su decisión de abandonar el colegio luego de darse cuenta de que en la vida nada importa.

De niña ¿cómo te imaginabas adulta?

Siempre quise escribir libros y tener una granja. Lo primero lo he cumplido, pero viviendo en una ciudad es complicado lograr lo segundo.

¿Cómo te divertías?

Era introvertida y me gustaba estar con animales, particularmente con caballos. Casi no tenía amigos pero siempre me inventaba historias y cosas que decirle a los otros.

¿Cuáles eran tus problemas?

Sentirme diferente a los otros niños. Ahora como adulto sé que todos los niños tienen ese sentimiento. Dentro de mi familia hubieron muchas enfermedades mentales y eso fue difícil de lidiar. Siempre pensé que tenía que hacer un esfuerzo para encajar y no pensaran que era una loca como ellos.

¿Qué es más fácil, ser objetivo o subjetivo?

Solo en las matemáticas es más funcional ser objetivo. En la vida real es mejor ser subjetivo, así uno ve las cosas desde diferentes perspectivas pero a veces no todos pueden serlo. Es un reto aprender a ponerse en los zapatos de otro.

¿Qué es nada?

Parte de todo. En Nada pareciera que la vida es insignificante, Pierre Anthon nos dice que la Tierra tiene 4 mil 600 millones de años y nosotros vivimos máximo 100 años, dentro de esa perspectiva claro que la vida parece nada pero no desde la otro ángulo. Hallar el significado de nada es un reto para todos.

¿Te gusta ser una semilla que genere controversia?

No realmente. Los adultos son quienes reaccionan mal ante este libro porque no les gusta ser cuestionados por sus actos. Muchos solo quieren ser ricos y famosos pero no saben por qué. A los niños y jóvenes este libro habla de algo natural y de lo que la humanidad ha reflexionado por siglos.

¿Qué es hacer filosofía en el siglo XXI?

Seguir cuestionándonos cosas que nos hemos preguntado toda la vida pero de manera práctica. La filosofía nutritiva es la que nos conecta con la realidad. Podemos seguir definiendo cosas abstractas pero tenemos que ir en busca de lo aplicable. Yo hago filosofía a través de los animales y es muy simple porque ellos no manipulan como los humanos.

¿Qué de la vida le da sentido a tu existencia?

Conectar con otros humanos.

Sobre Janne Teller

Novelista danesa (de ascendencia austro-germana) nacida en 1964. Ha vivido y trabajado en la resolución de conflictos humanitarios en lugares como Tanzania, Mozambique y Bangladesh. 

Su libro Nada (Dinamarca, 2000) ha sido traducido a 13 lenguas y en Alemania se ha convertido en un fenómeno editorial. Con él ganó el Premio al mejor libro del año del Ministerio de Cultura danés. 

Teller es autora también de las novelas La isla de Odín (1999), The Trampling Cat (2004) y Come (2008). 

(*Esta entrevista fue publicada en Más por Más en 2013)